martes, 13 de julio de 2010

Visitar el museo de Arte Moderno.

Debo ser muy sincera, nunca había visitado el Museo de Arte Moderno Juan Astorga A. Muchas veces he ido al Centro Cultural Tulio Febres Cordero pero para asistir a conciertos y a obras de teatro. Quizás porque es mayor la “publicidad” que se hace en la ciudad a los conciertos que a las exposiciones artísticas. Debo confesar que me emocionó mucho la idea de visitar el museo para hacer una “reseña” de la obra que más me gustara, entonces guarde en el bolso mi cámara fotográfica, mi libreta de notas, mi reproductor de música y mi botella de agua. Tomé un autobús y llegué al Centro Cultural, comencé a subir la rampa y ¡oh sorpresa! choco con la realidad del país. Un grupo numeroso de personas vestidas de rojo, continuo y en la siguiente parte de la rampa más personas comiendo pan, tomando jugo, tirando servilletas al piso, con la música de Alí Primera a todo volumen, un pizarrón dispuesto en la mitad de la pared en donde aparecía la lección de la clase y el nombre de la misión “MISIÓN CHÁVEZ CANDANGA” “La tecnología como medio de inclusión”. Me sorprendo, bueno, no tanto. Decido seguir caminando, mejor dicho tropezando con la gente, dos pasos más y estoy frente a la Sala 4 “Manuel de la Fuente”, me detengo en esa sala por motivo de afinidad y entro. El ambiente es mucho más cómodo, ahora puedo escuchar la música que traigo en el mp4, puedo sentir la amplitud del espacio, el frío de la sala y los paneles elaborados por Raúl Felipe Peñalver.

Observo el nombre de la obra “Cuerpos Penetrables” me parece muy interesante y me quedo ahí viendo cada uno de los paneles. Lo primero que observo es la precisión con la que se dibujan los cuerpos, la calidad del dibujo. Me impresiona la relación entre el cuerpo y los sentimientos, ya que la mayoría de los paneles representan la dualidad del ser humano, demuestran esas dos caras que todos tenemos y que pocas veces reflejamos, los sentimientos como el amor, la melancolía, la tristeza, la soledad son algunas de las temáticas que reflejan esos cuerpos y que de alguna manera hacen conexión con el espectador, en este caso la única espectadora, yo. Doy un par de vueltas por el panel y tomo varias fotografías. Decido que es hora de irme y comienzo a bajar la rampa. Esta vez las personas han terminado de comer, otras se han ido. Bajo con tranquilidad y salgo del Centro Cultural. Llego a casa y tengo muchas ganas de escribir la “reseña”, me detengo a pensar en el carácter dual de los paneles de Peñalver y al mismo tiempo en la dualidad del espacio en donde convive el arte con la política y la sociedad. Me doy cuenta que es la primera vez que voy a un Museo y me siento algo decepcionada, pero no es por la obra de arte, es por el espacio en donde se exhibe la obra, no sé nunca me había sentido tan incomoda. Comienzo a escribir y me sale todo esto, me da temor saber que me alejé mucho de lo que es una “reseña” pero siento la necesidad de expresar mi inconformidad con ese uso “raro” que se le da a los espacios concebidos para expresiones artísticas. Me digo a mi misma “Ojalá la profe entienda por qué hice esto así”. Termino de escribir con la firme convicción de que me quedan cosas por decir pero que eso será la próxima vez que visite el museo.

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